En un sentido biológico, las “mecheras” son como los insectos antidiluvianos: por más que se los combata, siempre se las arreglan para subsistir y así siguen existiendo. Se las define como aquellas mujeres que roban ropa en baja escala, en tiendas.

Se mueven en el microcentro y las casas de ropa y los supermercados son sus blancos favoritos. Sus víctimas se modernizan con alarmas, más personal de seguridad, con cámaras filmadoras pero las ladronzuelas a su vez también modernizan sus métodos y piensan dar batalla hasta el final.

Ese mundo del raterismo en las casas de comercio del Centro es curioso: casi todos las conocen. Los guardias de seguridad, los empleados antiguos, algunos policías, saben bien quiénes son las mujeres que delinquen con este tipo de metodología.

“Claro que las conocemos: pero no a todas por haberlas agarrado. Acá se sabe bien quiénes vienen a comprar y quiénes a ver cuándo se distrae un vendedor para aprovechar y llevarse una prenda. A veces, la más conocida -que sabe que es conocida- entra con la finalidad de distraer a los empleados y al guardia: todos siguen sus movimientos pero después entra otra que no es tan conocida y se aprovecha de que su colega famosa es sumamente vigilada para ella hacer el robo. La mechera vieja y conocida, sólo hace tareas de distracción incluso a veces hace como que está por robar y es cuando la que no es tan vigilada sí roba de verdad”, advierte Alberto, de una tienda de ropa, con 18 años de experiencia como vendedor en el Centro.

ALICATE

Si bien los responsables de las tiendas no tienen interés en dar a conocer de qué modo combaten a las mecheras “sería facilitarle aún más la tarea”, sí contaron algunos de los métodos más usuales -o más curiosos- que llevan a cabo algunas de las mujeres.
Para luchar contra el sensor de alarma (ese aparatito plástico color gris), algunas llegan munidas de un alicate con el que cortan el sensor de la prenda a la que luego introducen en sus propias ropas para salir del local sin que la alarma haga su trabajo.

“A veces, al final de la jornada, podemos ver los sensores decapitados escondidos en algún rincón del local”, confiesa un vendedor.

A DISTANCIA

Otro mecanismo es el que hacen dos mujeres: una desde adentro y otra desde la vidriera. “Éste, más bien ocurre en los locales no tan grandes”, cuenta un vendedor.

El mecanismo consiste en que una de ellas entra y otra se queda en la vidriera, desde donde puede ver los movimientos de buena parte de los empleados. Entonces se comunican por medio de sus celulares.

“La que está afuera va indicando a la de adentro (que se coloca frente a lo que va a robar), cuándo es que puede hacerlo y cuándo no. Eso depende de lo que ve la que se quedó en el exterior y que conoce de qué modo trabajan la seguridad adentro del negocio. Entonces le dice por teléfono ‘ahora sí, que nadie te ve; o ahora no que te están mirando”.

HISTÓRICAS Y EVENTUALES

“Nosotros advertimos dos modos de mecheras: las eventuales y las históricas. En las eventuales tenemos a las que vienen directamente a cambiarse la ropa. Llegan con su campera y pantalón viejo y salen -o tratan de salir- con las prendas robadas directamente puestas. En algunos casos logran una habilidad increíble para sacarse el pantalón viejo y ponerse uno nuevo pero no en el probador: directamente se meten entre las ropas que cuelgan desde los percheros y en segundos lo hacen.

“Las históricas son las que se meten las prendas dentro de sus propias prendas. A veces llegan a robar -o a intentar hacerlo- una impresionante cantidad de prendas, póngale unas diez, que las acomodan en las fajas que llevan o en las mangas de sus camperas. Ese tipo de metodología es más frecuente en los meses de invierno, cuando los clientes acuden al local más abrigados: eso les hace más sencilla la tarea”.

LA CUESTIÓN JURÍDICA

Si una mechera es atrapada y su acto termina judicializado, le quedan dos caminos: si para llevar adelante su hecho rompió algo -sea la prenda robada o el sensor de la alarma- se le imputará el delito de robo (ya que se ejerció violencia sobre la cosa). Si no rompe nada su imputación baja a hurto. “Normalmente pasa más lo segundo”, dicen desde la Oficina Fiscal 1.
De todos modos, muchas de las tiendas tratan de no llegar a ese extremo para no caer en las garras de la burocracia judicial y les proponen el siguiente arreglo:

“Cuando las agarramos, le decimos si nos pueden acompañar. Vamos a un sitio del local y les decimos: sabemos que llevás ropa robada; o llamamos a la policía o nos las das por las buenas. Ambos hacemos negocio; nosotros no vamos a la Justicia y a vos no se te abre una causa; ¿qué decís? Normalmente acceden”, cuenta un empleado de una tienda céntrica. “Eso sí les decimos antes de que se vayan: ‘No queremos verte más por acá’”. Las casas se valen del derecho de admisión y cuando la mujer pretende entrar de nuevo, no la dejan.

¿POR CULPA DE LA INFLACIÓN?

“A una chica que tenía 18 años -los cumplía el día que la agarramos- la sorprendimos cuando se llevaba una camisa escondida. La había colocado torpemente en lo que es su cintura: la mitad de la prenda la tenía entre sus piernas y la otra mitad sobre su camisa en el vientre; lo que hacía que esa parte de la camisa robada sobresaliera por sobre la suya. La detuvimos y la llevamos donde llevamos a las mecheras.

– Te estás llevando ropa sin pagar…

La chica se sacó la camisa nuestra que tenía aprisionada entre su vientre y su entrepierna de un tirón. Y dijo:

– Esta camisa, ayer estaba a 40 pesos y hoy la pusieron a 50. Yo la iba a comprar, y tengo los 40 pesos – gritaba mientras mostraba dos billetes de diez y uno de veinte.

– No grite, señorita…

– Ustedes la aumentaron de un día para otro.

No hubo denuncia contra esa chica, pero tampoco le dejamos que se llevara la camisa que, como ella decía, el martes valía 40 pesos, y el miércoles en que ella fue a comprarla, había aumentado a 50”.

MUJER-CANGURO

“Fue en el verano pasado. Una mujer que tenía puesta una pollera larga tipo gitana no paraba de meterse prendas que dejaba caer ni bien estiraba un poco el elástico de la cintura de su falda. Así, las cosas robadas desaparecían entre sus piernas. Ya la habíamos visto y cuando intentó salir la detuvo la seguridad. Como hizo mucho lío, llamamos a la policía -tuvo que venir una uniformada mujer para revisarla- y todo salió a la luz. La mujer, de unos 40 años, había confeccionado una especie de gran bombacha que le llegaba hasta las rodillas a la que había forrado por dentro con papel metalizado con la idea de bloquear los sensores de alarma que llevaban las prendas robadas. En la Oficina Fiscal se dejaron de recuerdo esa gran bombacha metalizada de la mujer”, contó Osvaldo, empleado de comercio.

DEPREDADORAS

Los comerciantes locales tienen para sí que estas depredadoras de góndolas y percheros son como un vicio con el que se debe convivir. Algunas tiendas de capitales extranjeros como C&A tenían como política denunciarlas penalmente cada vez que las sorprendían.

“C&A era uno de los comercios de los que más recibíamos denuncias -recuerda un ayudante de la fiscalía 1- por eso desde que se fue de la provincia las presentaciones mermaron: tenemos unas cinco por quincena. Yo no lo puedo asegurar pero es factible que uno de los motivos por los que se fue esa tienda tiene que ver con las mecheras”.

Desde la Federación Económica de Mendoza reconocen que este tipo de robos producen una pérdida de entre el 1 y 2% en la facturación anual. De todos modos, hoy los comerciantes locales están más preocupados por la instalación de la feria La Salada que por las mecheras pero no deberían lucir tan angustiados porque las mecheras de La Salada en Buenos Aires son también una plaga incontrolable y tal vez varias de ellas dejen el Centro de Mendoza y emigren a Guaymallén para llevar a cabo su debilidad.

 

fuente  http://www.losandes.com.ar/notas/2012/8/12/mechera-quiero-aca%E2%80%9D-660441.asp