[5 de diciembre de 2011] – La falta de comunicación familiar, el descreimiento hacia los relatos de sus hijos, como así también el endilgar culpas en la propia víctima o bien por el simple desconocimiento en cómo encarar la problemática, son, muchas veces, las causas silenciosas que posibilitan el crecimiento en los sucesos que implican violaciones o abusos sexuales en los menores.

Durante un coloquio de género desarrollado en la jornada de ayer en el Colegio de Abogados de Tucumán, la sexóloga clínica, Amelia del Sueldo Padilla, se refirió a las cualidades que pueden destacarse en el abordaje de estas situaciones que se asientan como una preocupación social creciente.

«Esta intromisión en la sexualidad del niño a través de la coerción, donde el abusador busca algún tipo de excitación erótica ya sea en él mismo, en la víctima o en ambos, sucede en las instituciones sociales que deberían ser cuna de protección y cuidado, como lo son las escuelas, instituciones religiosas y en el seno de las familias», apuntó la profesional.

En este sentido, indicó que se trata de un tema muy complejo para su tratamiento pedagógico dadas las connotaciones que se establecen en el ámbito personal, por lo que resaltó que «el mayor porcentaje de los casos se observa en el seno de la familia y las amistades de la víctima, y los adultos no sabemos ni queremos hablar de este tipo de riesgo».

Sobre este punto, adujo que el 85 por ciento de los casos fueron causados por personas con algún tipo de filiación con las víctimas, pues abusan de su relación de confianza, tratándose de abusos sutiles y reiterados. «Viene un tío, la sienta a la nena arriba de la rodilla y la empieza a frotar o la pone arriba del zapato y le hace caballito y a la niña le gusta, pero llega el momento en que no sabe si eso está bien o mal. Entonces, al tomar algún tipo de conciencia, la menor se niega, pero es convencida porque el mayor sostiene que ese ‘será nuestro secreto'», explicó Padilla.

Consecuencias en las víctimas 

Al respecto, hizo hincapié en los modos de educación con los que fueron criados los infantes, lo que puede llegar a ser contraproducente en este tipo de casos.

«El tema de los buenos y malos secretos debe ser trabajado en las familias. Y a nuestros niños les hemos enseñado que al secreto no hay que descubrirlo, pero no la calidad del secreto (bueno o malo) y estos últimos tienen que romperse», añadió.

Justamente, ese vínculo entre víctima y abusador es lo que determina que se concrete una relación basada en el rasgo denominado como de «encantamiento».

«A partir de allí, no se requiere ni siquiera de un consentimiento porque la víctima va hacia su abusador contenta y alega que en ningún momento fue obligada, engañada o bien sufrió algún tipo de violencia, lo cual es realidad, pero se ingresa en una situación de total vulnerabilidad y no llegan a ser conscientes de la situación abusiva que se llevará a cabo posteriormente», estimó, la también médica clínica.

A modo de brindar datos cuantitativos sobre este flagelo, Padilla indicó que, a nivel país, se concretaron 11.181 denuncias, de las cuales 3.276 fueron violaciones. En tanto que las agresiones sexuales en Tucumán, ascienden a 87 casos. Vale señalar que todos los datos se corresponden al año 2007, últimos parámetros que se tienen sobre la materia.

Planteó asimismo que el abuso sexual puede generar en las victimas graves consecuencias emocionales y sociales, tales como la desconfianza, el temor, la culpa, una socialización sexual traumática, estigmatización, confusión de roles dentro de la familia o en la relación con las diferentes edades, comunicación falseada condicionada por el secreto.

«Los efectos negativos en el niño abusado se manifiestan a corto o a largo plazo, según la magnitud del impacto que haya ocasionado en la víctima. Muchas veces se muestran actitudes desajustadas para el comportamiento habitual de un niño o de una niña en forma inmediata a los hechos abusivos.

La presencia de enuresis (hacer pis en la cama) cuando antes había control de esfínteres, la presencia de pesadillas, temores aparentemente injustificados, la presencia de lenguaje de connotación sexual o erótica, llantos injustificados, aislamientos, tristeza, desgano, indiferencia, rechazo ante alguna persona del seno familiar o del circulo habitual de las amistades», postuló, entre algunas de los padecimientos acaecidos una vez que se haya producido el abuso.

La importancia de la comunicación 

A modo de recomendación, la Presidenta de la Sociedad Científica de Sexología y Educación Sexual del Colegio Médico de Tucumán, esgrimió que cualquier hábito nuevo, inadecuado, o injustificado puede ser el emergente de la situación. «Por tal motivo, los adultos que estén en contacto y perciban algún cambio en la conducta habitual de ese niño no deben dejar de atender el hecho y proceder a investigar teniendo en cuenta los recaudos necesarios para lograr la rotura del silencio en un clima de total contención, seguridad y confianza».

Siguiendo esta especie de protocolo para analizar el tópico de una forma directa con los hijos, Padilla sostuvo que el tema debe ser incorporado como una información básica que se relacione con el aspecto de seguridad. Además, consideró que toda la información de prevención difundida a los niños debe ser ampliada progresivamente a medida que aumenta el nivel de comprensión en el menor.

«La información, la comunicación, el desarrollo de habilidades sociales y la promoción de habilidades de protección, son los pilares de la prevención. Enseñarles a los niños a reconocer las estrategias que algunas personas utilizan para obtener algo para su beneficio personal es una de las herramientas básicas de protección», señaló la sexóloga.

Una de las particularidades que enunció durante la charla brindada, fue la diferenciación genérica al momento de una denuncia o llamado de atención por lo sufrido dado a conocer por parte de los niños afectados.

«A los varones les cuesta más denunciar porque sienten que, si el abusador es un hombre, se les pueda llegar a caratular como homosexuales. Y en el caso en donde la mujer haya sido quien determinó la situación de dominio sobre el niño, están impedidos de hablar, de llorar, por una cuestión de culpa. Los invade la imposibilidad de emitir una palabra que exprese lo que está sintiendo», graficó.

En razón de esto último, también deslizó una crítica a la forma de actuar de los padres, en especial por la tipificación que se hace de ciertos colectivos sociales minoritarios que son asociados con la comisión de este tipo de delitos.

«Tenemos que tener en cuenta que en muchas instituciones educativas, los padres protestan porque el profesor es homosexual. En estos casos se debe saber que la mayor parte de los abusos son cometidos por heterosexuales. A estos que les decimos normales, son los que cometen la mayor cantidad de abusos», advirtió.

 

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Fuente: http://www.crin.org/resources/infodetail.asp?id=26820