Tenía una hora para hacer las entrevistas. Una hora no es nada, así que más me valía apresurarme. La primera mujer con la que hablé fue Jenny Paola Moreno. Tiene veinticuatro años y llegó a la cárcel hace dieciocho meses. Estudiaba tercer semestre de una licenciatura en Pedagogía Infantil cuando fue detenida. Me dijo que lee un libro cada veinte días, pero que es un mal promedio porque hay reclusas que se demoran apenas tres. Se excusó en que lee de noche, en una celda que comparte con otras veintidós personas, donde nunca hay silencio, y me mostró un cuaderno cuadriculado en el que copia fragmentos de los libros que le gustan. También allí ha pegado cartas escritas en cartulina roja recortada en forma de corazón y fotografías de un hombre joven. Me dijo que como no hay televisión ni grabadoras en la cárcel, leer es una forma de mantener la mente ocupada y liberar la imaginación. Casi todos los libros que ha leído este año son de superación personal, aunque en su lista también están García Márquez, Soto Aparicio y biografías sobre Pablo Escobar. A veces envía cartas a sus compañeras de reclusión con mensajes extraídos de Las siete leyes espirituales del éxito de Deepak Chopra. Me dijo que es una pacifista.

 

 

Estábamos en la biblioteca de la cárcel para mujeres El Buen Pastor de Bogotá. Es un espacio pequeño con una puerta de metal verde que da a una cancha de baloncesto y a la parte posterior de un edificio con ventanas pequeñas y enrejadas cuyos marcos sirven para secar la ropa de las reclusas.

 

 

Con quince mil títulos –para una población de dos mil reclusas– catalogados y divididos en literatura universal, hispanoamericana, cuento, biografía, ensayo, historia, política y jurisprudencia, no es exagerado decir que la de El Buen Pastor es una biblioteca más completa que la de muchos colegios públicos y privados de Bogotá. Hay una colección de ganadores del Premio Nobel y varias enciclopedias –muy útiles en una cárcel, donde el acceso a internet es restringido–. Están El ruido y la furia de Faulkner, Madame Bovary de Flaubert y ¿Por quién doblan las campanas? de Hemingway. Libros de James Ellroy, E.L. Doctorow, Paul Bowles, Jean Echenoz, Virginia Woolf y Juan Carlos Onetti, una buena parte de la magnífica colección juvenil de Alfaguara, cuyos primeros títulos están fuera de circulación, y varios en inglés y en francés para las cerca de cuarenta reclusas extranjeras. Se dice que hace unos años hubo uno en japonés para una mujer japonesa condenada por narcotráfico.

 

 

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Había conocido la biblioteca de El Buen Pastor una semana atrás, el pasado 26 de septiembre, durante el lanzamiento del libro Fugas de tinta 5, una recopilación de crónicas, cuentos y relatos escritos por internos de dieciséis cárceles de Colombia donde funciona el programa Libertad Bajo Palabra, que hace parte de la Red de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura. Entonces la cárcel celebraba la Fiesta de Las Mercedes y era la víspera de su reinado de belleza. El corredor que conduce a la biblioteca estaba lleno de mujeres con vestidos de lentejuelas y pestañas postizas que participarían en las comparsas organizadas en cada uno de los nueve patios.

Ese día hablé con la dragoneante Rosalba Arias, coordinadora de la biblioteca, que hace veintidós años trabaja con el Inpec. Las dragoneantes usan un uniforme camuflado de color azul y botas negras y la mayoría adorna su pelo con hebillas plateadas y tiene las uñas largas y decoradas con miniaturas de fantasía. La dragoneante Arias me dijo que en promedio quinientas reclusas sacan un libro al mes y que los géneros que más les interesan son novela policíaca, narcotráfico, poesía y superación personal. “Los únicos temas que no tenemos son brujería y magia negra –dijo– y los de sexualidad y manualidades no son para préstamo externo”. Es ella quien se encarga de hacer las llamadas y escribir los correos necesarios para conseguir los libros. La biblioteca se nutre con donaciones privadas, aunque en los últimos meses ha recibido libros de la Librería Nacional, la Biblioteca Virgilio Barco y la Universidad de Los Andes.

En teoría, el Inpec es la entidad encargada de la dotación de libros y mobiliario para las cárceles colombianas. Desde el 2010, la Red Nacional de Bibliotecas Públicas asesora al Inpec con una lista básica de títulos que debe tener una biblioteca carcelaria –Ulises de Joyce, Los soldados de Salamina de Cercas y lasTragedias de Esquilo están allí–, y en lo referente a infraestructura y capacitación de bibliotecarios. La Oficina del Libro del Ministerio de Cultura, por su parte, dona un porcentaje de los libros que publica. Pero la responsabilidad es del Inpec, tanto que en su plan de compras de este año aparece una casilla destinada a la dotación de bibliotecas por trescientos millones de pesos. El Inpec trabaja en un modelo educativo que incluye validación del ciclo escolar, educación superior y proyectos productivos. A la fecha, el modelo ha llegado a ochenta y nueve cárceles a las que ha dotado con material bibliográfico comprado en su mayoría a las editoriales Plaza y Janés y Panamericana. El Buen Pastor ha recibido ese material pero no libros para su biblioteca.

 

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Una vez los libros llegan a El Buen Pastor, una interna es la encargada de seleccionarlos y catalogarlos. Ella envía al reciclaje los que están en mal estado y los que no sirven, como los directorios telefónicos viejos, y guarda los títulos repetidos por si alguno se pierde. Prefiere que la llamen Malú (foto), tiene treinta y siete años y durante veinte consumió drogas. Trabaja en la biblioteca de ocho y media de la mañana a cuatro de la tarde y usa el uniforme caqui con una raya naranja vertical que distingue a las reclusas que tienen un oficio dentro de la cárcel. Está condenada por vender marihuana. “Al día siguiente de haber entrado aquí hace treinta y ocho meses pedí que me dejaran venir a la biblioteca –dijo–. Había un desorden terrible, entonces la dragoneante nos dio permiso para organizar. ¿Cómo lo hicimos? Por lógica. Yo pienso que así funcionan las bibliotecas”.

Malú me dijo que había sido criada entre libros. Su abuelo tuvo una librería en Bogotá que fue quemada durante los disturbios del 9 de abril de 1948 y sus tíos son profesores. Conoce mejor que nadie lo que está en la biblioteca de la cárcel y ha leído una buena parte, aunque su pasión son las novelas históricas. Sus lecturas de este año han sido La dama y el león de Claudia Casanova, La historiadora de Elizabeth Kostova y El pergamino de la seducción de Gioconda Belli. No es una amante de los clásicos, pues algunos le resultan muy descriptivos y ella prefiere los buenos diálogos, ni de Camus y el existencialismo que, en su opinión, no ayuda mucho cuando se está en la cárcel. “Faulkner tiene estilo pero definitivamente lo mío son los libros donde la historia fluye”. Le gusta el suspenso de El psicoanalista de Katzenbach y las historias de Pérez-Reverte. Y los libros de Conrad sobre el mar. “Es una lástima que usted no haya leído Moby Dick”, me dijo.

Parte de su función en la biblioteca es llevar libros a las reclusas que no pueden salir de los patios y recomendarles otros. La gente lee novela romántica, acción, terror, narcotráfico, delincuencia, trata de blancas, superación personal y poesía. Según los registros del último mes, la biblioteca hizo ciento setenta y cinco préstamos, entregó quinientos sesenta y cinco libros en las celdas, veinticinco reclusas asistieron a los clubes de lectura y treinta más al taller de creación literaria.

 

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Aunque Libertad Bajo Palabra es un taller de escritura, para su creador, el escritor bogotano José Zuleta, lo más interesante es la lectura. Por lo general, lo primero que leen son textos escritos en cárceles como Diario de un ladrón de Genet, Diario de Lecumberri de Mutis y La balada de la cárcel de Reading de Wilde, de la que Paul Valéry dijo: “Conozco a varias personas honorables que con mucho gusto se hubieran dejado encarcelar por obtener la gloria de haber escrito un poema como este”.

Víctor Manuel Mejía coordina el nodo centro de la Red de Escritura Creativa del Ministerio de Cultura y es el encargado de dictar el taller en El Buen Pastor. El día de mi visita, estaba hablando con las internas sobre los cuentos del escritor argentino Pablo Ramos. Una de las asistentes, Tatiana Tapia, de veinticuatro años y detenida hace cuarenta y dos meses, me dijo que antes de entrar a la cárcel no era una buena lectora, pero que ahora leía entre veinte y treinta páginas en una noche. “Empecé con ¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?porque estaba aburrida, y ahora leo cuentos”. Otra es Lina Gómez, de cuarenta y tres años. A los once empezó a trabajar con su hermano en los grupos de Pablo Escobar en Medellín. “He estado varias veces en la cárcel –dijo–. Después de la muerte de mi madre me entregué a las drogas y alguien me aconsejó que leyera. Empecé con Pablo Neruda. Luego gané un concurso de poesía en Medellín y me dieron siete libros de Neruda y una enciclopedia. Leo en las noches cuando no puedo dormir y durante el día en el patio”.

Mejía me explicó que en su taller trabaja con tres tipos de poblaciones: las presas políticas que tienen un nivel de educación alto; las condenadas por narcotráfico; y las mujeres que han vivido en la calle desde niñas. Muchas veces son estas últimas las que más se interesan por la literatura porque la descubren por primera vez, aunque hay reclusas que discuten a Tomás González y Piedad Bonnett con la propiedad de un lector avanzado.

 

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En el 2010 la Unesco estableció que todos los internos tienen derecho a leer, y la International Federation of Library Associations, el organismo emblemático de la bibliotecología en el mundo, recomendó que hubiera al menos diez libros por recluso. En las cárceles holandesas existen bibliotecas desde hace ciento cincuenta años mientras que en el Distrito Federal de Brasil hay apenas diez cárceles con bibliotecas. Uno de los pocos estudios que existen sobre el tema en Colombia fue realizado por la profesional en Sistemas de Información y Documentación Karen Chávez. Además de mencionar asuntos como la falta de presupuesto, el desinterés institucional, las colecciones insuficientes y el mobiliario inadecuado –en el país hay bibliotecas penitenciarias que funcionan debajo de una escalera–, Chávez insiste en que una de las funciones de las bibliotecas penitenciarias es “consolidar los hábitos y comportamientos lectores como medio de rehabilitación y empleo del tiempo libre de forma constructiva”.

Sin embargo, casi todas las personas con las que hablé se mostraron escépticas frente al concepto de la rehabilitación. Simplemente no se corresponde con la realidad de las cárceles colombianas. Frente a los problemas de hacinamiento e infraestructura, el de las bibliotecas es un tema secundario. “Definitivamente, la lectura no es un elemento resocializador –me dijo Malú–. Cuando leen, ellas encuentran voces afines a la suya y son testigos de su propia condición”, me dijo Mejía. Eso, en últimas, es lo que hace la literatura en una cárcel o en cualquier otra parte del mundo.

 

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