La literatura argentina, afirma David Viñas, “emerge alrededor de una metáfora mayor: la violación. El Matadero y Amalia, en lo fundamental, no son sino comentarios de una violencia ejercida desde afuera hacia adentro, de la ´carne´ sobre el espíritu”.

 

Era la metáfora literaria del miedo a la “barbarie”, actuando con toda su tosca materialidad sobre los cuerpos de la “civilización”. Los discursos políticos y periodísticos del presente argentino emergen sobre un hecho bárbaro y que no tiene nada de metáfora: el linchamiento. La presunta “civilización” ejerciendo la violencia colectiva y cobarde sobre los cuerpos individuales de la supuesta “barbarie”.

La polémica pública del país burgués está encerrada en su propio círculo de argumentos. El solo hecho de validar los términos del “debate” es toda una toma de posición política condenatoria para con los “linchados” y contemplativa para con los “linchadores”. ¿Cuál es el nivel de tolerancia o de justificación que hay que tener con los agresores?

En torno a la respuesta a esta cuestión se desarrollan los matices y las diferencias mínimas. Para algunos es el “Estado ausente” (Massa o Macri), para otros es una consecuencia no justificada desde el punto de vista intelectual, pero muy entendible desde el punto de vista lógico, es decir, justificada pragmáticamente. Finalmente, otros, como la presidenta Cristina Fernández, dan cátedra de “sociedad y Estado” en cadena nacional y explican que la venganza es “el Estado de no derecho”, es decir, lo mismo que dicen Massa o Macri (Estado ausente, Derecho ausente), pero explicado de manera más “progresistamente” elegante. Condena la “acción directa” reaccionaria, para reafirmar el principio del monopolio estatal para el uso de la violencia, el único con legitimidad de “organizar” civilizadamente el “linchamiento” en cuotas, el disciplinamiento sobre los pobres y sobre toda la sociedad.

Traducido a la Argentina actual, el derecho de un bárbaro con todas las letras como Sergio Berni, a “limpiar las calles de delincuentes” y de paso… de piquetes. El mismo Berni, en simultáneo, encabeza el coro de los justificadores y pide “mano dura judicial”, porque “la gente” reacciona por el “hartazgo”. Al rengo hay que mirarlo cuando camina, no cuando habla sobre el arte de caminar, sentencia un viejo dicho criollo. En materia de represión y de la llamada “inseguridad” a Cristina hay que mirarla con los ojos puestos en Berni, no cuando habla para La Cámpora.

Saliendo de este círculo, los linchamientos expresan las tendencias iniciales a la polarización social, producto de la crisis en curso. “El fascista no es más que un pequeñoburgués asustado”, dijo Bertolt Brecht, y estas acciones de brotes fascistizantes son producto del miedo de la clase media -y su expansiva opinión pública- sobre otros sectores de la sociedad.

¿A qué le temen? A una nueva pérdida por la crisis en desarrollo, a un nuevo despojo de los que los tiene acostumbrados la Argentina con sus catástrofes recurrentes, a un nuevo potencial desclasamiento. El carterista es la “metáfora”, la personificación de ese posible nuevo despojo; el linchamiento es el intento desesperado e impotente de evitarlo, equivocando groseramente al responsable. Los medios, abarrotados de tipos ideales de pequeñoburgueses miedosos, multiplican ilimitadamente el relato justificador.

El otro extremo de la inicial polarización social fue la histórica y radical huelga docente, sobre todo la de la provincia de Buenos Aires, donde comenzó una simbólica alianza social que identificó al “enemigo común” y verdadero responsable, no sólo de los salarios docentes, sino de la situación de toda la educación pública, del conjunto del derrumbe económico.

Lo indiscutible es la derrota de la “batalla cultural”. Finalmente, la “Patria no es el otro”. Para los linchadores, la “patria” es la expulsión del otro. El kirchnerismo queda en el medio, haciendo propaganda de su tímido progresismo de consignas vacías (vacías de eficacia, vacías de presupuesto, vacías de realidad: las netbook no se comen, decía la pancarta del docente en huelga). En contraste, sólo dos días después de levantarse el paro, nada menos que British Petroleum se autodenunciaba ante la bolsa de Nueva York por haber coimeado a los gobiernos de Chubut y de Santa Cruz para quedarse con la concesión de Cerro Dragón, hasta el año 2047.

Durante la Guerra Civil española, los fascistas agitaban sobre los campesinos la idea de que esa abstracción llamada “República” no les había dado nunca de comer, y usaban para sus propios fines una verdad que se desprendía de las limitaciones de la lucha democrática-republicana. Franco podía darse ese lujo porque la República se negaba a avanzar sobre la propiedad, es decir, porque no convertía a la guerra en revolución social. Por el contrario, su política indecisa convertía en “relato” el sacrificio de cientos de miles de combatientes. La tragedia de España tuvo su base en que no pudo dar ese salto hasta el final.

Esa abstracción llamada “modelo” empieza a dar menos de comer a algunos y a expulsar nuevamente a la calle a otros: de un saque, la devaluación y la inflación empujaron bajo la línea de pobreza a decenas de miles. A la clase media la pone en situación de riesgo de perder sus bienes y su actual “seguridad”, y cada uno reacciona a su manera. Lo único que se demuestra es que el 54% fue en cierta media ficcional y efímero, basado esencialmente en el consumo “artificial”.

Se dice que los llamados heterodoxos hacen lo mismo que los ortodoxos, pero un poco más tarde. Todo el secreto del “modelo” se basó en que fue un “neoliberalismo del 3 a 1” (que ahora quieren reconstruir como un “neoliberalismo del 8, 9 o 10 a 1”), que continuó y en algunos casos profundizó la decadencia estructural y la dependencia nacional. Precarización del trabajo y de las condiciones de vida, pobreza estructural, aumento brutal de las desigualdades, como puede verse en las configuraciones urbanas de Tigre, Rosario o Córdoba. Cuando se acabó el “derrame” -que la devaluación de 2002 y el ciclo de alza de las materias primas permitían volcar sobre el conjunto social y que “moderaba” las consecuencias de estas desigualdades- irrumpen actos violentos como manifestación una crisis social, histórica y estructural; combinada explosivamente con una crisis inmediata que se agrava por un ajuste de esa “ortodoxia tardía” que es la heterodoxia.

En diciembre pasado, cuando se desarrollaba la huelga policial en Córdoba, se vieron escenas similares de linchamiento, en medio de la convulsión social iniciada en gran parte por la misma Policía (“Estado ausente” en la superficie, pero presente tras bambalinas para organizar los primeros saqueos). Porque ”la vuelta del Estado” siempre incluyó el mantenimiento más o menos intocado de la Policía represora, secuestradora y de gatillo fácil, como lo atestiguaron al precio de sus vidas Carlos Fuentealba, Julio López y Luciano Arruga.

El aval o la justificación del linchamiento son peligrosos y sólo traen consigo el aumento de la represión estatal y la legitimación de la violencia “preventiva” contra los más pobres. El pobre estigmatizado se convierte en ladrón potencial; el carterista, en potencial asesino. Así se justifica la violencia “preventiva” sobre ese enemigo construido en el que se depositan todos los miedos.

Hoy se manifiesta como odio social, paranoia colectiva y llamado a la represión y control a los más pobres, empujados al delito, organizado a la vez desde las mismas mafias estatales. Mañana puede deslizarse hacia todo aquel que salga a la calle a defender su derecho y a cuestionar la propiedad. ¿Qué fue el genocidio, sino un gran linchamiento sistemático «tercerizado» en las manos del Estado militar, ante el peligro del orden basado en la propiedad? Y, hay que decirlo, avalado pasivamente por una masa de pequeñoburgueses (y no tanto) con miedo, que eran una consecuencia de la desmoralización y la impotencia de las estrategias políticas en el período anterior, marcadas por el corporativismo o por el aventurerismo.

El desafío para enfrentar esta situación se encuentra en la superación del corporativismo y la posibilidad de una alianza social “hegemónica” que pueda unificar las aspiraciones de los que hoy sufren un nuevo ajuste, y direccionarla contra el verdadero enemigo común. Dicho sintéticamente, el símbolo que expresó la huelga docente, desarrollado y generalizado por todos los trabajadores.

Son los inicios de una nueva crisis, por lo tanto todos los elementos son embrionarios. Esto permite contar con un tiempo para las tareas preparatorias, que de todos modos se vuelven más urgentes día a día.

 

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