EL REGRESO DE LOS ELLOS.

Por David Pietroboni

Que quede claro: los que piden y exigen al Estado SEGURIDAD son más parte del problema que de la solución.  Son aquellos que se han creído la mentira de que nos hallamos en una suerte de guerra civil contra los malvivientes, que nosotros estamos del lado del bien y ellos del mal, y que hay que combatirlos y erradicarlos como a las cucarachas. Son quienes nunca se preguntan cuál es el motivo raíz que lleva a una persona a esgrimir un arma contra otra para hacerse con su dinero. Ellos, los que se quejan por pagar $30 el kilo de yerba, mientras en las zonas de producción prácticamente esclavizan a quienes cultivan y cosechan. Ellos son quienes pagan fortunas por hacerse las tetas o inyectarse botox y sentirse más y mejores personas, mientras a la vuelta de la esquina un niño sale a pedir ropa para sus hermanitos. Ellos son quienes miran con desprecio a ese niño y a su familia, mientras a su vez ahorran dinero para cambiar el celular una vez cada seis meses. Los que pagan Impuestos y creen que su dinero es un parche mágico que soluciona todos los problemas. Los que se espantan viendo los síntomas de la enfermedad y no les interesa en lo más mínimo atacar a su causa, que es la falta de educación emocional, la total cosificación de la vida humana, el materialismo extremo del sistema capitalista, el dinero y la adquisición de bienes como fin último en la vida.  Ellos son quienes sostienen con sus estilos de vida holgados el mismo sistema que cosifica a las personas para convertirlas en meros cuencos portadores de dinero, ese papelito de color por el que mueren nuestros hijos, hermanos y padres en manos de quienes desde pequeños han sido excluidos, violentados, sistemáticamente educados para no desear nada más allá del dinero o de lo que el dinero puede facilitar.

Porque en el estado actual que presenta nuestra realidad no basta con quejarse. Limitarse a puntualizar el problema y pedirle a otro que haga algo al respecto es ser partícipe y cómplices activos o pasivos de una forma errónea de concebir la vida en sociedad. El crimen seguirá a la orden del día. Le darán metralletas a los policías y los criminales usaran granadas. Les darán tanques de guerra a las fuerzas de seguridad, y los malvivientes responderán con bazookas. Aumentarán los esfuerzos por erradicar el crimen y el crimen aumentará sus esfuerzos por seguir operando, y sus actos serán cada vez más atroces y descontrolados. Eso no es seguridad. Quien piense que eso es seguridad no hace más que cultivar lo opuesto y la brecha que nos divide como pueblo. La violencia no puede más que generar violencia. La seguridad pasa por otro lado. La seguridad es garantizar a cada familia y sus individuos más cosas que sólo aquello necesario para la supervivencia. La seguridad pasa por dejar de incentivar a la sociedad a sentir sed y hambre por productos de consumos innecesarios como también rechazar de plano toda manipulación mediática para obligarnos a trabajar con el único fin de comprar y gastar. La seguridad es dejar de exhibir a los hombres y las mujeres en televisión poniendo a sus atributos sexuales como principales virtudes admirables. La seguridad es dejar de dar poder político y económico a quienes controlan las fuerzas coercitivas que, no sólo no combaten el crimen sino en cambio, se vuelcan contra el propio pueblo impidiendo que la ciudadanía se oponga, por ejemplo, a la minería a cielo abierto.

Pero no, nada de eso importa. Ellos, quienes piden SEGURIDAD mientras otros se tienen que contentar con apenas pedir agua y pan, se agruparán y marcharán hasta conseguir un policía armado en la esquina de su casa, pues sólo así podrán seguir quejándose de lo caro que está todo, de lo peligrosa que es la calle, del lomazo que tiene la vedette de turno, de ese nuevo celular que corta, raya y pica sin tener que preocuparse de fondo por resolver la causa del problema, dejando en manos de terceros el accionar para una solución coherente e inclusiva. Como el enfermo de cáncer de pulmón que hace quimioterapia sin dejar de fumar.

Nunca los verás agruparse y marchar de igual modo para exigir al Estado la mejora de los contenidos educativos a fin de  formar hombres y mujeres que sean algo más que simples depositarios de conocimiento académico, sino seres humanos con corazón y empatía, empatía hacia las necesidades de los demás según dicta la comprensión de lo que significa vivir comunitariamente en sociedad. No los verás exigir al Estado el aumento de los salarios, o la mejora en servicios básicos a los barrios carenciados. Nunca los verás organizarse para formar una red de contención social que pueda prevenir o amortiguar el proceso de perversión por el que pasa una persona desde que nace hasta el momento que alza su arma contra otra. No señor, nada de eso. Ellos quieren más cárceles, más condenas, más cámaras de vigilancia, así podrán seguir mirando totalmente embobados el circo del consumo y completamente ciegos a la miseria ajena, la miseria material y espiritual de sus hermanos, el origen mismo del arma que se apunta contra un humano por un par de zapatillas, una campera o un puñado de billetes.

Si «hacer Justicia» sólo significara apartar de la sociedad a quien hace daño, también deberían ir presos quienes no hagan nada por evitar el daño en cualquiera de las formas posibles y al costo necesario. Si necesitamos que nos protejan de alguien es precisamente de Ellos, quienes aún recibiendo una buena educación de «familia bien», quienes se autoproclaman trabajadores como título honorario, precisamente quienes tienen los medios y la capacidad mental de hacer algo más profundo al respecto, por el contrario son los primeros en tirar la piedra y esconder la mano porque creen y sostienen que el problema tiene que ser resuelto por el Gran Hermano del Estado, «si para eso pago los impuestos, hagan algo con m


ROQUE E. MINATTA