EL SUPREMO ANFIBIO

Zaffaroni tiene un particular mapa del mundo: en cada ciudad a la que viaja conoce al menos una pileta olímpica y elige los hoteles por su cercanía al agua. El juez de la Corte Suprema aprendió a nadar a los 55 y hoy, con 72, bracea 10 kilómetros por semana. Perfil del jurista más respetado y controversial de América Latina.

Por: Federico Bianchini – Fotos: Alfredo Srur

Agachado, remera, bermudas y zapatillas negras, medias blancas, Eugenio Raúl Zaffaroni busca un libro en su biblioteca. Uno de sus colaboradores acaba de descubrir, en el frente de cada estante, un papelito blanco con un número. Cuenta en voz alta: Treinta y siete, treinta y ocho, treinta y nueve.
—Sí, los estantes están numerados —dice el ministro de la Corte Suprema de la Nación—. Pero con eso solo no alcanza.
Separada de la mansión del barrio de Flores por un jardín con plantas, helechos, una fuente y siete gatos callejeros atigrados e idénticos, la biblioteca es un gran salón lleno de diplomas, artesanías latinoamericanas, felicitaciones y plaquetas.
Los estantes cubiertos con vitrinas son muchos, demasiados. En total, estima el juez, entre 15 mil y 20 mil libros. En total, estima uno de sus asistentes, más de 30 mil. Una de las bibliotecas de derecho más importantes de la Argentina.
—Varias personas vinieron a ordenarla. Pero todos, sin excepción, propusieron hacer cosas complicadísimas.
En el salón principal, tres mesas cubiertas de libros, rebosantes. Arriba de la pila, El principito de Antoine de Saint Exupery, el libro del ex jefe de Gabinete Aníbal Fernández y uno de investigación periodística.
En otra mesa, más libros. Uno encima del otro.

La tercera, también repleta. Libros que fueron llegando, libros que le mandan colegas de otras partes del mundo, todavía desordenados, ensimismados, difusos.
—Nadie nos pudo dar una solución…
Pasando una puerta, un segundo ambiente. Dos pisos, más vitrinas.
—Son muchos. Habría que sacarlos. Ponerlos en el piso y contratar a algún empleado que ayudara. Yo definiría las palabras clave de cada uno y se los iría pasando.
Otello, uno de los dos perros Chow Chow del juez, husmea la alfombra blanca. Recorre el salón con expresión lejana y aire de dragón oriental, displicente.
—Contratando a dos personas, unas miles de horas, un par de meses, podríamos resolverlo.
La biblioteca está dividida por sectores. Abajo a la izquierda: filosofía y teología. Luego historia, sociología, procesal penal, menores. Arriba: constitucional y literatura política. Miles y miles de libros.
—El orden era regional. Más o menos sabía el lugar de cada uno. Pero desde hace un año, aproximadamente, se empezó a despelotar todo. Sé que algo está, pero no sé dónde.
Revisa, con la vista, las vitrinas.
—Y cuando comprás dos veces el mismo libro es porque tenés un quilombo importante.
Lo dice tranquilo. Como si, a fin de cuentas, no fuera un problema.
—Esta semana —dice el primero de sus colaboradores— voy a hablar con la bibliotecóloga de la Biblioteca Nacional. Ella tiene que saber cómo arreglarlo.
—Yo no necesito tanto —dice el juez—. Sólo necesito un tipo que sepa hacer eso en la computadora. Que ponga nombre, autor, número de estantes, dos o tres palabras básicas. Y nada más.
Buscan, sin encontrarlo, un libro que el juez (previa anotación de título y fecha en un cuaderno) les va a prestar a sus colaboradores.
—Es que hay muchos —comenta, resignado, el segundo.
—Tenías el de Brassé. Te estás olvidando de el de De Las Casas —dice el primero.
—No lo veo por ningún lado.
—Y si no tenés catálogo.
—Voy a tener que hacerlo yo mismo —dice Zaffaroni—. Con ficheros de papel y plumín de ganso.
Se ríen.

***

A los 55 años, el juez flotaba pero no sabía nadar.
Una tarde de 1994, en una playa de México, leía un libro de Derecho Penal cuando alguien propuso ir al agua. “Y yo pensé: qué estúpido que soy, no sé nadar”, dice Zaffaroni, diecisiete años después, vestido con guayabera y pantalón blanco, detrás del escritorio que usa en la Corte.
Volvió a Buenos Aires y esa misma semana fue al club del barrio. “Quiero aprender. Me miraron. ¿Para competición profesional? No, porque se me dio la gana. ¿Clase colectiva? Prefiero individual”. Comenzó al día siguiente. “Me asignaron una profesora que, al verme, debe haber pensado: ¿y este hipopótamo qué quiere hacer?”. Treinta minutos de brazadas y pataleos. “Volví a mi casa y me metí en la cama. No daba más. A los dos días se repitió exactamente lo mismo. Después de la clase tenía que dormir. Había sido sólo media hora pero necesitaba descansar. Y me asusté. Un susto grande. Dije: me estoy muriendo”.
Entonces continuó con las clases. “Vino el proceso de tragar agua, entrar a la pileta sentado por miedo a tirarme de cabeza. Las cosas que tienen que hacer los pibes yo las hice de boludo grande”. Aprendió a flotar mejor y luego se animó a nadar solo. “Cuando pude hacer un largo de veinte metros, sostenerme del otro lado, me sentí (José) Meolans”. Dos largos, tres, cuatro. A los seis meses llegó a los veinte. “Quedaba agotado, pero los hacía”.
Un día, en la pileta del colegio de abogados de Costa Rica, alguien lo salpicó desde el andarivel de al lado y el agua le entró en la nariz. Se ahogó; para recuperarse braceó más despacio. “Me di cuenta de que así no me cansaba, pasé los veinte largos y se produjo un efecto muy raro. Empecé a sentir una sensación impresionante. Nunca probé cocaína… Pero supongo… Era una euforia intensa”.
Sin darse cuenta, había sincronizado respiración y brazadas. Pudo nadar cincuenta, sesenta, setenta largos. Mejoró el estilo, levantó las piernas, empezó a respirar para los dos lados. Y viajó a San Pedro, donde un amigo le presentó a Agenor Almada, “el yacaré del Paraná”, la única persona que nadó cuatro veces de Rosario a Buenos Aires. “Me vio en una pileta y me preguntó: ¿No quiere nadar en el río? Venga, yo lo preparo”.
A los quince días, Zaffaroni estaba en el agua amarronada del Paraná, y Almada mirándolo desde el bote. “Solo no me hubiera metido ni loco”. Desde Vuelta de Obligado a San Pedro, quince kilómetros: tac, tac, respiración, tac, tac, respiración, tac, tac, respiración.
Y entre 2004 y 2009 se preparó para las aguas abiertas con un entrenador. Compitió en las maratones acuáticas de Baradero (nueve kilómetros), de San Pedro (siete kilómetros y medio) y de Ramallo (ocho kilómetros). En 2005 y 2007 salió tercero de su categoría en el cruce de la laguna de Chascomús.
A pesar de sus logros, con 72 años, se siente discriminado. Su categoría le molesta. “Para los organizadores, después de los 60 años todo da igual. ¿Por qué? Si tenés un tipo de 85: ¡dale una categoría! Pero no. Para ellos es todo lo mismo. Una única: la categoría descarte”.

 

Fuente: http://www.revistaanfibia.com/cronica/el-supremo-anfibio-2#.T8vaTZ0_xBs.twitter