Impulsor de la “criminología cultural”, Keith Hayward critica las corrientes teóricas dominantes, que giran en torno de la policía, las cárceles, la vigilancia y las cámaras. Analiza cómo las dinámicas culturales se articulan con las prácticas del delito y su control. Y en ese marco, advierte, los medios juegan un papel fundamental. Las “soluciones” que se importan sin analizar las características de cada caso. El ejemplo paradigmático de las revueltas londinenses y las llamadas “pandillas”.

 Por Aruguete Natalia y Schijman Bárbara

¿De qué se trata la criminología cultural?

–La criminología cultural tiene que ver con cierta sensibilidad, con un estado de ánimo; no se trata de una simple posición teórica. Cómo entender la noción de criminología cultural o cómo abordarla tiene que ver con la posición que uno toma en lo que hace a cuestiones relacionadas con el crimen, el delito, y el castigo, pero también con la situación política –el capitalismo– y, especialmente, el consumismo, la justicia y la moralidad. Creo que gran parte de la criminología de hoy carece de moralidad.

¿En qué sentido?

–En que sólo promueve la justicia criminal. Y creo que el mundo necesita menos de justicia criminal y más de justicia social. Esta idea se contrapone a la organización de formas de justicia penal y a la criminología que las respalda. Se trata de un reto a esas posiciones, que, a menudo, tienen muy poco que ver con la justicia en la forma en que yo la percibo. Es en ese sentido que la criminología cultural se opone a las corrientes teóricas dominantes: la criminología institucional establecida gira en torno de la policía, las cárceles, la vigilancia, las cámaras, el control.

¿Sugiere, entonces, que la distinción entre las nociones dominantes de criminología y la idea de criminología cultural responde a distintas categorías de justicia social?

–Sí, aunque no digo que toda la criminología corriente descarte la justicia, que no se preocupe por ella o que sea inmoral. Creo que el problema es lo limitado de su radio. Por ejemplo, cualquiera puede observar el estado de las cárceles y sostener que es necesario mejorar las condiciones en la prisión. Estoy de acuerdo con la mejora de los regímenes penitenciarios, especialmente en esta parte del mundo, pero la preocupación mayor es estudiar de qué modo promover el cambio social.

Desde una perspectiva teórica, ¿de qué modo se relacionan el crimen y su control, con la representación simbólica y la interpretación cultural?

–En las últimas dos décadas hemos visto lo que podría describirse como criminología sociológica y el surgimiento de estudios enfocados en la justicia criminal. La criminología cultural está muy alineada con las interpretaciones sociológico-culturales del delito. En distintos lugares se capacita a la policía con el propósito de hacerla más eficiente en un sistema que está contento con funcionar en un marco dado por el incremento en la cantidad de cárceles, el aumento de la población carcelaria y un estado policial presente en muchos sitios. Más que criminología, en algunos de mis trabajos describo este cambio como el aumento de la “contrología”.

¿A qué alude el término?

–Que la gente, los sociólogos o criminólogos renuncian a la tarea de buscar las causas que derivan en la ocurrencia de delitos, los fundamentos culturales, sociales y económicos que se esconden detrás de ellos, o aquellas cuestiones que hacen que la delincuencia sea diferente en distintos lugares. La cuestión es tratar de entender las causas del delito en individuos y grupos, y explicar por qué sus niveles son diferentes en diversos lugares, culturas, países y ciudades. Estos son los objetivos originales de la criminología como disciplina. Y creo que en las últimas dos décadas hemos visto que se ha renunciado a ello.

¿Por qué cree que sucede eso?

–Muchos piensan que es demasiado complicado o no están interesados en estas diferencias culturales. Lo que les interesa es controlar el crimen y aceptar el hecho de que tengamos que adjudicar grandes presupuestos para hacer frente a los altos índices de delincuencia, sosteniendo que es parte de vivir en una sociedad capitalista. Esa es la posición oficial, desde la cual se dice: “¿Qué vamos a hacer? No nos vamos a preocupar por las causas del delito o de por qué varía de un lugar a otro. Vamos a controlarlo usando técnicas de vigilancia y prisiones pobladas, ampliando los presupuestos destinados a la prisión, la militarización de la policía, mediante técnicas dirigidas a controlar la situación”. Esta es la razón por la cual marco la distinción entre justicia criminal o penal y criminología. A través de los estudios sobre justicia criminal, podemos observar este aumento en términos de contrología, es decir, el estudio del control.

¿Y en cuanto a la representación simbólica del crimen?

–Creo que la comprensión o la interpretación que la gente tiene de la delincuencia viene dada, en gran medida, por dispositivos culturales simbólicos, historias culturales que se producen en los diarios, aparecen en la televisión e, incluso, en la música. La mayoría de las personas no ha estado nunca dentro de una cárcel, por lo que no tiene idea de cómo es, aunque ahora haya programas de televisión que te llevan dentro de las prisiones, que le dan a la gente una idea sobre cómo es la cosa.

¿Cree que realmente logran “dar a la gente una idea” acerca del sistema carcelario?

–Estos programas son conducidos ideológicamente. Entonces, lo que quieren mostrar es lo peligrosa que es la cárcel o lo deshumanizante de la gente que las habita. Muchos se niegan a escuchar interpretaciones o explicaciones de manos de expertos porque creen que entienden la situación. En el Reino Unido, por lo menos, cantidades de famosos hablan sobre los problemas de la delincuencia, acerca de “volver a instaurar la pena de muerte”. Creen que pueden guiarnos y dar pautas sobre castigos penales. Y esto es muy frustrante. Por lo que uno de nuestros objetivos es desacreditar estereotipos, desafiar esta narrativa mono-ideológica de los medios de comunicación. No es que me interesen sólo los medios, pero la realidad es que los medios son muy importantes, porque cambiar la comprensión de la gente implica atender el modo en que el crimen y su castigo se retratan en los medios de comunicación.

¿Cómo lograrlo?

–Elaborar historias que desafíen la norma y, más importante aún, poner de relieve la hipocresía que existe en los medios de comunicación. El delito vende. Así es que de un lado aparecen estas narrativas que demonizan al delincuente y las percepciones de la derecha, y del otro están los medios que utilizan el delito para vender sus productos.

Algunos autores sostienen que la forma en que los medios cubren estos hechos terminan generando cierto “pánico moral” en la gente.

–La cuestión del pánico moral tiene cuarenta años, es una vieja teoría, pero buena; aún funciona. Cada tanto, cuando surge una nueva droga o alguna cuestión que sorprende, reaparece nuevamente el pánico moral clásico. Yo creo que los medios de comunicación funcionan más sofisticadamente en estos días, hasta el punto en que el pánico moral resulta bueno para los negocios. Así, lo que se hace es crear miedo y luego sacar provecho de eso. Por consiguiente, emergen grandes delitos y se benefician de vuelta del pánico moral en un proceso cíclico al modo de una escalera de caracol que parece hacer referencia a uno y otro constantemente. Hay cientos de reality shows policiales muy populares en televisión que encarnan siempre una misma posición ideológica. Nunca hablan sobre políticas o la situación del delito, sino que se refieren a un particular delito callejero. Entonces, antes teníamos el famoso pánico moral causado por la delincuencia callejera, todavía lo tenemos, pero lo que se estudia ahora es el tipo de miedo que el delito genera en la imaginación.

¿Qué rasgos tiene la lógica narrativa de esos programas de TV?

–Se filma la captura de un individuo, luego estos videos se utilizan como técnicas de promoción para conseguir más fondos para la policía, obtener herramientas de formación y crear nuevos cuerpos policiales. La gente mira programas como SWAT, un show que muestra a una policía altamente militarizada, existente en varias ciudades de los Estados Unidos, y entonces siente el temor que provoca el pánico moral. Luego demanda este tipo de fuerzas policiales militarizadas en su ciudad.

Algunos expertos plantean que el delito y su control son funcionales al sistema político. ¿Cree que la criminología y su abordaje responden a intereses específicos?

–El crimen y el delito se han politizado, sobre todo en el Reino Unido y en los Estados Unidos. Allí –y me imagino que en otras partes del mundo también– pareciera que en tiempos electorales los asuntos relacionados con el delito y el crimen, y su castigo, resurgen con fuerza en las agendas. Aparecen los discursos con frases como “necesitamos más policías”, “tenemos que ser duros”, “hay que implementar nuevas medidas como los ataques en Irak”. La mayoría de estos modelos no ha funcionado, pero se pretende exportarlos a estas partes del mundo. Lo que es sorprendente es que los políticos alegremente importan modelos de sistemas judiciales de lugares donde el sistema de justicia no funciona. Por ejemplo, los disturbios de Londres del año pasado fueron descriptos inicialmente como un problema de pandillas. Por eso, los políticos inmediatamente fueron a los Estados Unidos para buscar a los expertos en bandas norteamericanas y llevarlos a Londres. Pero lo que se hizo en esos lugares empeoró el problema de las pandillas, que se arraigaron en sus culturas como nunca antes. Por tanto, ¿por qué buscar a alguien que sistemáticamente ha fracasado en eliminar el problema en su país y luego tratar de llevarlo al Reino Unido, una cultura sobre la que no sabe nada? Este es el tipo de cosas que surgen en términos de crimen y castigo, nociones absurdas.

¿Cómo cree que deberían encararse esos episodios desde la criminología cultural?

–Se suele tomar la vía más sencilla: “pandillas”, “personas negras marginadas provenientes de zonas pobres causaron los disturbios”. Eso vende votos. Entonces, la criminología cultural trata de poner de relieve este tipo de situaciones y la locura política que las acompaña. Se hacen estas cosas que no siempre han funcionado, aunque es muy difícil hacer otra cosa. ¿Alguien puede imaginar a un político en los Estados Unidos decir: “aquí está mi programa electoral para el problema de la delincuencia: voy a reducir el número de cárceles, voy a tratar de cambiar las clasificaciones de los delitos por drogas? Voy a hacer todo lo contrario del resto”? La historia parece decir que así nadie sería elegido. En este contexto político, el crimen es abordado de una sola manera: ponerse duros y más rígidos, y a los políticos que no lo hacen los matan en las urnas.

¿Usted cree que habría que hacer todo lo contrario?

–Bueno, ¿por qué toman ciertas medidas? Porque quieren ser elegidos para gobernar. ¿Y por qué son elegidos? Porque la gente cree algunas de las historias que se le cuentan. Muchos creen que existe un problema sistemático de pandillas en Londres, y que la persona que están trayendo ayudará a resolver la situación. Lo que tendríamos que hacer es ver por qué la gente cree estas cosas, de dónde viene esta ideología: de historias difundidas por los medios. La criminología cultural se interesa mucho por el modo en que los medios presentan estas historias y por presentar historias alternativas.

¿Qué diría acerca de la relación entre delito, crimen y fanatismo?

–Es una pregunta muy compleja. Una de las cosas que diría es que pensar en la delincuencia o en el crimen como un fenómeno unitario, como un “delito” a secas, es muy problemático. Es el modo en que se lo suele considerar al implementar o pensar prácticas de seguridad. Los criminólogos culturales conciben la delincuencia o el crimen como algo muy complicado. Por tanto, tendemos a mirar la delincuencia desde la fenomenología. Así que cuando me preguntan sobre la relación entre crimen y fanatismo advierto que existen diversos tipos de delitos, en momentos, contextos y lugares particulares. Una de las áreas donde el fanatismo se vincula con distintas formas de delito o crímenes sería en el terrorismo. Pero, incluso allí, el terrorista es demonizado por ser visto como este tipo de fanático monomaníaco.

¿Un modo de cerrar la cuestión y evitar mirar a fondo?

–Sí: “son fanáticos, a otra cosa”. Este es sólo un ejemplo. Desde la criminología cultural se pretende instar a considerar el crimen desde una mirada cultural, en diferentes contextos. Porque la delincuencia o el crimen son diferentes aquí que en Inglaterra. No hay que limitarse a importar modelos de justicia penal del Norte y las técnicas de la criminología positivista, con métodos criminológicos. Es preciso crear técnicas propias, específicas, y atendiendo a lo cultural, aunque eso no significa ignorar el buen trabajo que se ha hecho en otros sitios, como en los Estados Unidos o Europa.

¿De qué modo presentaron los medios de comunicación las protestas sociales en Londres y en otras ciudades del mundo?

–En efecto, hubo muy buenos artículos que trataron de explicar los disturbios, prácticas como el saqueo o los robos, a partir del consumismo; algo con lo que concuerdo y a lo que he dedicado mi trabajo de los últimos diez años. Lamentablemente, a la vez, hubo otros comentarios muy obvios y predecibles. Y creo que lo más predecible y deprimente fue la respuesta política: en lugar de buscar y entablar un debate serio, en lugar de consultar a los expertos en criminología, hablaron de la decadencia moral y el incremento de las pandillas callejeras. Probablemente se podría discutir esto a través de la lente de la decadencia moral, pero no se refirieron a su decadencia moral, la que los políticos exhibieron cuando estuvieron involucrados en delitos por fraude. De este modo, la decadencia moral es utilizada y rotulada sobre grupos marginados, personas de barrios pobres. En esta decadencia moral de la prensa y de los políticos también estuvo involucrada la policía. No creo que las personas a cargo de escribir las historias no supieran todo esto, conocen bien esta decadencia moral, el tema es que la forma en que la presentan siempre alude a “su” decadencia moral, la de esos fanáticos agitadores. Muchos están enojados, frustrados, y la diferencia entre unos y otros es que algunos, al menos, conocen o tienen las vías para expresar sus preocupaciones políticas a través de protestas no violentas o de organizaciones, e incluso algunos tienen cierto entendimiento en medios de comunicación; entonces pueden presentar bien sus sensaciones de la explotación capitalista. En cambio, estos grupos en Londres no tienen esa habilidad, no tienen ese conocimiento político.

¿Por qué señala esa diferencia?

–Muchos de ellos (en Londres) no son capaces de descifrar el modo en que el capitalismo los está explotando porque no cuentan con educación o tienen una mala escolarización. No son capaces de manifestarse si no es a través de la protesta violenta. Lo que resulta interesante es que evidencian sus sentimientos en el mercado, llevándose los artículos que quieren: zapatillas, ropa deportiva, televisores de pantalla plana, etc. A la vez, muchos de los sentimientos que el capitalismo trata de engendrar entre los más jóvenes para hacerlos consumir pueden también utilizarse para explicar por qué provocaron los disturbios. Si se piensa en el consumismo, lo que se requiere en los jóvenes, especialmente, es una demanda constante por tener más, una demanda insaciable. La idea del consumismo está diseñado para que se diga: “lo voy a tener ahora, en realidad no puedo afrontar su costo, pero lo voy a conseguir”. Esta especie de suspensión de la racionalidad normal, las prácticas irracionales, y la excitación consumista y demandante generan excitación y estimulación. En cierto modo, algunos de los rasgos que mostraron los disturbios fueron sentimientos o emociones similares: gente impulsiva, actuando por fuera del proceso de toma de decisiones, sin ser conscientes de que estaban siendo captados por las cámaras. Muchos pueden lidiar con esto y controlar la situación con eficacia. No obstante, algunas personas, y muy a menudo las más pobres dentro la sociedad, reciben la mayoría de los mensajes.

¿Podría ampliar este último aspecto?

–Algunos estudios realizados en los Estados Unidos sugieren que las personas más vulnerables de los barrios más pobres son quienes están más expuestas a los avisos publicitarios, porque están mirando televisión todo el tiempo, no leen libros ni van al colegio, constantemente reciben el bombardeo de mensajes publicitarios. Incluso, los habitantes de algunos barrios pobres de los Estados Unidos ni siquiera pueden firmar o escribir su nombre, aunque conocen marcas muy exclusivas como Prada o Gucci, porque son bombardeados seis horas al día con promociones o publicidades. Son los más expuestos a la lógica que marca la cultura del consumo. No siempre, pero muy a menudo, fueron quienes estuvieron involucrados en los disturbios en Londres; con frecuencia, eso estuvo vinculado con lo que denomino la “mercantilización de la violencia” o el “marketing de la transgresión”. Esa mercantilización de la violencia alude a violar la ley o transgredir. No me sorprende que causaran disturbios y saqueos, sí me habría sorprendido si esos grupos hubieran salido a la calle intentado frenar todo para tener una protesta no violenta. Una de las características de estos disturbios fue su forma líquida: irrumpieron aquí, se movieron allá.

Para finalizar, ¿cómo contrarrestar las historias dominantes que se difunden sobre el crimen y la delincuencia?

–Los argumentos sobre el consumismo y el crimen aparecen en mi primer libro: City Limits: Crime, Consumer Culture and the Urban Experience (Sobre los límites de la ciudad, la delincuencia, la cultura del consumo y la experiencia urbana). Allí detallo el surgimiento de la cultura del consumo y el incremento del delito. Framing Crime: Cultural Criminology and the Image (Sobre la construcción simbólica del crimen y la imagen), otro de mis escritos, proporciona herramientas orientadas a captar la sensibilidad acerca de lo que es la criminología cultural, su posición y su política. Asimismo, trata de transmitir un mensaje metodológico muy simple: si quieren tratar de hacer lo que digo, esto es, desafiar o cuestionar las percepciones que tienen los medios o la política de la delincuencia, una forma de hacerlo es criticar esos mensajes pero también contrarrestarlos, presentando mensajes diferentes.

¿Como cuáles?

–Por ejemplo, documentando la filmación de películas, publicando videos en YouTube con lo que vemos en las protestas. Mientras los medios de comunicación presentan estas protestas de una manera, estas personas tratan de difundir su mensaje de otro modo, para eso utilizan formas de comunicación alternativas. En este libro tomo el caso de una protesta de ciclistas que tuvo lugar en Nueva York hace unos años. En el medio de los reclamos por la recuperación de espacios se dieron fuertes enfrentamientos entre los manifestantes y la policía. Un oficial salió a decir que uno de los ciclistas lo había golpeado. Consecuentemente, arrestaron al ciclista. Pero alguien que filmó el incidente pudo dar cuenta de que había ocurrido lo contrario. Evidentemente, ése fue un ejemplo de cómo invertir el espectáculo de los medios. Hay que asegurarse de contar con las técnicas para presentar las historias, porque si se toma la criminología como disciplina, la voz dominante es en general proporcionada por las técnicas de la metodología criminológica, que son básicamente positivistas: sondeos, encuestas o estudios gubernamentales, que a menudo están erróneamente diseñados y toman el crimen como un paradigma uniforme. En un mundo lleno de imágenes, pleno de ideología y retórica política, deberíamos crear nuestras herramientas para desafiar estas cuestiones.

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