Javier se apareció una tarde por la defensoría pidiéndome trabajo. Él no estaba en el “listado” de candidatos a la carrera judicial, esos que siempre huelen a dudoso origen; vale decir, lejos un transparente concurso, la nómina de los “amigos” o “familiares” de la magistratura superior. A ese listado me tenía que ceñir. Pero Javi vino a mí sólo porque una Madre de la Plaza con la que trabajaba le comentó que un defensor de menores, hijo de desaparecidos, tenía un lugar.
La historia que Javier me contó esa tarde es más o menos la que sigue: se crió con su hermana Clarisa en casa de Alberto y Marta, en Morón. Policía de profesión, Alberto enferma y muere cuando Javi cumple ocho años. Al poco tiempo aparece gente del juzgado en la casa y una señora que decía ser su abuela. Entonces se entera que Alberto trabajaba en un lugar llamado El Pozo de Banfield. La partida de nacimiento de Javier y Clarisa lleva estampada la firma de Jorge Bergés, médico responsable de los partos de las secuestradas embarazadas.
Pero el derrotero de los hermanos comienza cuando el cotejo sanguíneo no coincide con el de la familia reclamante. Entonces pasan a vivir en casa de un juez. Pero pronto Clarisa es adoptada por una familia que vive en la provincia de San Juan. Javier se queda solo en casa del juez. En algún momento se escapa y viaja para encontrarse con su hermana. Cuando llega a San Juan, la familia le ofrece quedarse. Me dice Javi: “Nunca me adapté, yo ya tenía 13 años y no me quisieron más…” Entonces decide volverse a Buenos Aires, vive en la calle por un tiempo, hasta que apareció “Abuela Estela” (como le dice a Estela de Carlotto), quien lo crió hasta los 15 años. Pero algo, la búsqueda desenfrenada de Javier por su identidad, lo hacía fugarse de todo lugar. Un escape permanente. Dormía en la calle, comía en distintos lugares, se juntaba con pibes con los que caía preso. Las Abuelas lo ayudaron, lo sacaron de las comisarías, pasó a vivir solo, cursó sus estudios de noche. Me dice Javi: “A los 18 me iluminó el cielo cuando me adoptó Ana (quien tiene una prima y sobrino desaparecidos). Ana conoció mi situación y se puso en contacto con Estela para interiorizarse de mi historia y sacarme el documento, porque así podría seguir estudiando… Esto dio un giro inesperado a mi vida. Con mucho esfuerzo y a los tirones, terminé el secundario de adulto y luego empecé a trabajar con mi otra Abuela, ‘Adelina’ (Alaye).»
Vuelvo al comienzo. Las posibilidades de que Javier Vaio ingresase al Poder Judicial eran prácticamente nulas. Medité mucho la cuestión. Hice la formal propuesta a sabiendas que salteaba “el listado”, y que las respuestas institucionales no tardarían en llegar. Así llegaron: me fue enviado el prontuario completo de Javier, todos los expedientes penales desarchivados y atados con piolín. “Ahí tiene su candidato”, me espetaron.
Sólo la terquedad, el contexto que vivimos y las llamadas telefónicas de todas sus “hadas madrinas” coagularon para lograr torcerle el brazo a “La Familia Judicial”. En jurisprudencia se llama a esto “un caso guía” (leading case). Hace tres años Javier Vaio es el mejor oficial de justicia que tiene la defensoría de niños y adolescentes de La Plata.
Su historia, su experiencia, su algarabía, pero sobre todo el grado de compromiso y dedicación «hacia los pibes», son forma refleja de una búsqueda incansable por su propia identidad (la que aún desconoce). Casos como el de Javier demuestran que otra justicia es posible.

 

 

fuente http://tiempo.infonews.com/2013/02/18/editorial-96692-la-historia–de-javier.php