A la par de una realidad ideal como  la que se desprende de la Normativa Juvenil Internacional, Nacional y Provincial, existe la realidad de todos los días, la que vemos en las esquinas, en fríos números y volcados a estadísticas que nadie entiende.
Algunos medios de comunicación de intereses algo difusos o por lo menos confusos cuando de niños hablamos, nos muestran al adolescente peligroso, violento, delincuente desde la cuna, sin presente ni futuro y con el cual deberemos trajinar por el resto de su vida porque no se recupera más, a pesar de que tiene doce o trece años (aunque los números nos muestran otra cosa).
Un diario tituló hace un par de años “Entregan en adopción a un menor delincuente”. Primero no era de su incumbencia el proceso de adopción de un niño y segundo, el peligroso delincuente al cual ya se podía poner en una portada, tenia ocho años.
Otro medio de prensa publicó “Murió el hijo de un delincuente”; lo importante era que murió un bebé en un hospital público y a quien el Estado se suponía asistía desde su nacimiento. Quien era el padre, el cual no había sido condenado conforme establece nuestra constitución, no era relevante.
No es el objetivo de esta columna trabajar sobre el efecto negativo y devastador que tiene la estigmatización de una persona en formación, lo podrán explicar mejor los psicólogos, pero sería algo así: repítale varias veces a una niño que nunca podrá hacer algo, publíquelo, hágale saber a sus vecinos, que todos lo sepan, castíguelo de antemano por los objetivos que no alcanzará, discrimínelo y quítele todos los medios para alcanzar esos objetivos; luego de todo ello, siéntese y espere a ver si puede hacer lo que usted ya predijo que no podría. Cuando no lo logre, grite que usted tenía razón y sea más duro con el hermanito más chiquito porque usted tenía razón y, si fracasó el hermano, éste también fracasará.
Algo así es el sistema penal juvenil en nuestra provincia. Ante la posible participación de un adolescente de entre 16 y 17 años en un delito cuya pena supere los dos años, se formará una investigación penal en su contra. Obvio que, como juez a cargo de esa investigación, les diré que la causa está ultrajustificada, que voy a investigar e incorporar la prueba que sea adecuada. Luego evaluaré mi propio trabajo y oportunamente enviaré la causa a una Cámara de Juicio para que el adolescente sea juzgado conforme con las leyes de los mayores, aunque sea inconstitucional. Si habláramos de personas mayores de edad, la investigación estaría a cargo de una persona diferente a la que deba resolver la situación del imputado.
Cómo será que el sistema está mal, que es preferible que los traten como un delincuente mayor de edad que como un joven en conflicto con la ley penal. El adulto tiene más garantías y más posibilidad de defensa efectiva que las personas menores de edad.
Es fácil advertir que la mayoría de las personas que están en el penal de nuestra provincia tuvieron causas cuando eran adolescentes y, por lo tanto el Estado intervino con ellos desde muy niños, por ende y, como lógico resultado, si se interviene con todo un sistema y el joven igual sale torcido, algo no anda bien, debemos estar haciendo mal las cosas y todo esto no se arregla aumentando las penas.
Esta más que comprobado que la delincuencia y, sobre todo la delincuencia juvenil no se combate con penas más duras. De hecho, no sirve de nada endurecer un sistema contrario a lo que todos piensan durísimo e injusto.
El problema de la delincuencia juvenil es mundial, sin dudas requiere especialización y actualización, compromiso por parte del Estado y sus operadores, pero también compromiso social, debate de ideas, discusiones acaloradas que generen más ganas de seguir discutiendo para que de una vez se le dé al asunto la importancia que de verdad se merece.
Usamos frases como la juventud es nuestro futuro, y luego no vamos a las reuniones de padres, la escuela está cerca de citarnos por la policía, la terapeuta del pibe no puede dar con los tutores para trabajar en conjunto, la policía tiene que pasar por la esquina de la casa porque el niño o incluso niña  arroja piedras, a misa el pibe va solo y a la catequista se la conoce el día de la Comunión, en el club de fútbol, el profesor es reconocido como el que siempre insulta al niño para que ponga más o descalifica a los adversarios y agrede a los árbitros, o el hijo pide por favor que se cumpla con lo que la Justicia ordenó porque ya no quiere que lo llamen más como testigo y que vean cómo te lleva la policía etc. Así es muy difícil que el niño sea nuestro mejor futuro.
Los adultos son el resultado de cómo fueron educados, tratados etc. Cuando fueron niños, los adolescentes son responsabilidad del Estado, pero también de la sociedad como tal debemos comprometernos con ellos y no solo esperar que otro se haga cargo.
El tema es arduo y complicado, pero debemos empezar a discutir como personas adultas, cuál es el mejor camino para los niños, niñas y adolescentes de nuestra sociedad, dejando de lado intereses personales, grupales o corporativos. Caso contrario, nuestro futuro, como nos agrada decir a todos, será bastante complicado.

 

 

fuente http://launiondigital.com.ar/noticias/81175-realidad-paralela