Mohammad Musa fue detenido el 1º de febrero pasado en Lahore, Pakistán, por intento de homicidio y con él a varios integrantes de su familia. Estimado/a lector/a, usted dirá que entre los mentados integrantes detuvieron a los padres del niño que aparece en la foto que acompaña esta nota, y que debieron cargarlo con ellos por la imposibilidad de que lo cuidara otro miembro de la familia, ya que todos habían ido presos. Frío, frío. El de la foto es nada menos que el mismísimo Mohammad Musa (0,75) detenido por las autoridades policiales. La imagen corresponde al momento mismo en que le aplican el clásico pianito, es decir, le toman las huellas digitales, no está claro si para dejarlo asentado en un registro preventivo para dirimir sobre su peligrosidad, o si para chequear en su frondoso prontuario, ya que ninguna fuente judicial reveló el objetivo. Ocurrió el 3 de abril en los tribunales de Lahore.

El caso, en sí mismo, todo, es una clara demostración del funcionamiento de la Justicia, su brazo armado y de investigación, la policía, y la ausencia de leyes que protejan a los ciudadanos, para el caso, a los empleados de la empresa de gas cuyas vidas fueron amenazadas por la banda familiar encabezada por el feroz Mohammad “Peque” Musa. En Lahore, según pudo averiguar este diario, entre diciembre y febrero (recuerde que esta situación de crisis se vivió el 1º de ese último mes) las temperaturas llegan a bajo cero. El gas es un elemento diríase imprescindible. Con 7 millones de habitantes, Lahore es la segunda ciudad paquistaní en cantidad de población. Como ocurre cuando los servicios públicos dejan de ser públicos y mucho menos sociales, funciona el no paga servicio-corta suministro. En eso estaba o intentó estar la cuadrilla de operarios de la distribuidora de gas cuando legítimamente concurrieron a la barriada baja habitada por el Peque Musa y su familia para cortar el suministro en una buena franja de hogares morosos. Y fue entonces cuando se las vieron feas. Armados con piedras, los seguidores del Peque intentaron golpear a los operarios, con el animoso objetivo de asesinarlos para evitar que cumplieran con su tarea legal.

El Peque Musa, según fuentes policiales, fue uno de los o el que arrojó la primera piedr(it)a, con mala puntería, para solaz de los agredidos, ya que no alcanzó su objetivo. Pero quedó incurso en el delito de intento de homicidio. Igual que el resto de su familia y algunos vecinos que andaban dando vueltas y colaboraron en un intento de linchamiento sin derecho alguno a realizarlo. Todos fueron detenidos bajo los mismos cargos, empezando por el Peque Musa. Luego de la detención, todos, toditos, fueron trasladados de a uno al palacio de los tribunales de Lahore, donde se les inició proceso. Al Peque le tocó el 3 de abril. Lo acompañó su abuelo Yasin, principalmente para que no se soliviantara con los funcionarios y empeorara la situación. Entonces llegó el momento del “‘¿Nombre?’ ‘Mohammad.’ ‘¿Apellido?’ ‘Musa.’ ‘¿Alias?’ ‘Peque o El Peque o Enano.’ ‘¿Edad?’ ‘0,75.’ ‘¿Qué es eso de 0,75?’ ‘Tres cuartas partes de un año. Como tiene 9 meses… ’”, declaró Yasin al funcionario, porque El Peque no podía hablar de lo violento que estaba. “Venga –le dijo el prosecretario–. No, usted, no, El Peque.” Le hizo mojar los dedos en tinta y tomó uno a uno los dedos del peligroso delincuente, sin demostrar que flaqueara su valor al apretarlos contra el papel del registro de antecedentes. “¿Qué lleva ahí?” “Nnnada.” “¿Cómo que nada? Oficial, regístrelo.” Y el oficial de policía, que tenía la mano en la cartuchera por si acaso, palpó nuevamente de armas a Yasin, y logró requisarle un objeto con un producto blanco en su interior. “¿Qué lleva ahí, droga?” “Leche.” “Oficial, secuestre el tetramilk como prueba”, ordenó el prosecre. El uniformado se colocó guantes, guardó el tetra en una bolsita de nylon, se quitó los guantes y volvió a ubicar su diestra sobre la culata por si acaso.

Luego el prosecre citó al Peque a indagatoria para mañana, sábado 12. Todo indica que el Peque no declarará, haciendo uso de su derecho a no hacerlo. “Si no declara, es porque algo oculta”, murmuró una fuente policial a una agencia. “Y después quedan libres, es la puerta giratoria. Ahí los tiene, limpiafocos de los autos y de paso pegan un saltito y relojean a ver qué pueden chorear”, aseguró la fuente. “Este todavía es chico, pero espere a que llegue a tres.”

En Pakistán, la ley considera punibles a partir de los 12 años, pero ya la realidad demuestra que deberían modificar el límite y no falta mucho tiempo para que aparezca el político capaz de timonear esa emergencia.

 

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