La muerte y el encierro. Sonia Geldres no duerme de noche y esas son las dos razones que la transportan en vela hasta el día siguiente. Está flaca, demacrada. No hay nada peor que ver llorar a una madre.

A esta altura es difícil explicar el laberinto de padecimientos en el que se transformó su vida. Lo cierto es que vio muchas de las caras del infierno. Su padre la abandonó, conoció la calle, tuvo su primer hijo de adolescente, estuvo en la cárcel, perdió al hermano que más quería, dos de sus hijos murieron de manera horrible, tres están a la ‘sombra’ y otro de sus hermanos, Ramón, se hizo famoso de manera trágica: fue quien acuchilló en marzo a los Araya. Claudio falleció camino al hospital y Natanael se salvó de milagro.

Ese día llevaba días trabajando doce horas en una empresa frutícola. En plena temporada las horas extras hacen que la pobreza golpee menos. «Vieron que un tipo que salía de la cárcel mató a un chico en la Mengelle. Es una locura, hijo de puta, en esta ciudad ya no se puede vivir», dice que le comentaron. Sin conocer detalles del asesinato recuerda que comentó: «Ustedes no saben lo que es la cárcel. Hablan sin saber».

Mascó bronca. Siguió clasificando la fruta que condenó a Adán. Por la noche llegó a su casa y sintió el ambiente extraño. Sus hijas le esquivaban la mirada, la observaban con dolor. Ella preguntaba si sucedía algo, pero nada. Fue el nieto más pequeño, el de 10 años, quien le comunicó la noticia: «Abuela, nadie te lo quiere decir para no verte sufrir, pero el tío Hernán (así le dicen a Ramón Geldres) se mandó una macana: mató a una persona».

La muerte y el encierro otra vez en su vida. Sonia está cansada. Fuma con voracidad. Como si el pucho fuese su rehén. Tiene el rostro roto por el dolor. Y una fortaleza que parece inaudita. Busca una fotografía. Se ve un chico común y corriente, de pómulos rosados, la cara redonda. Es David, uno de sus hijos presos. «Era un chico que iba bárbaro en la escuela, pero todo cambió cuando murió su hermano. Empezó a faltar, apareció la droga, los robos, dejó de ser él».

David se culpó por la muerte de su hermano Andrés porque esa tarde de invierno de 1999 discutieron. Andrés con 15 años, rumbeó hacia el barrio Anahí Mapu, tomó de más, alcohol y vaya a saber si alguna pasta, estaba con dos amigos y esa noche los tres murieron calcinados. La casilla ardió. Sólo quedaron huesos y un misterio, porque Sonia recuerda que en el cráneo de uno de los amigos había un orificio.

David jamás se perdonó. Cambió las amistades y las prioridades. Apareció la delincuencia.

La historia se repetía. Sonia era una chica común y corriente hasta que a su hermano Raúl Torres lo mató la policía en una cárcel. Era un ladrón «respetado, que no lastimaba», y ella le tenía cariño y admiración. La cuidaba cuando su padre los había abandonado y su madre se tenía que hacer cargo de todo. Entonces encontró la calle, sus placeres y peligros. Tuvo novios, robó, se drogó con todo («nunca me inyecté, eso sí», dice) y «se me dio por empezar a tener hijos». Lo dice así, sin tapujos. Hoy tiene 45 años, 10 hijos de tres hombres y 7 nietos. En vez de una fiesta con vestido rosa, a los 15 años parió por primera vez. Jamás se cuidó de nada. «Hoy podría decir que era una inconsciente, que jamás le hice caso a nadie».

Fuma, los palos flotan en el mate, entra un nieto, fríe algo en una olla que tiene buen aroma. Sonia saca un teléfono marrón y pone en marcha una grabación. El director de la cárcel de Cipolletti, Gabriel Yanca, le jura que el traslado de sus hijos a un penal de Viedma «no es nada personal» y que no habrá represalias. Hay una rebelión, sus pibes son actores primarios, uno se corta, es Enzo, el más chico, ella lo presiente una noche antes. El lunes 6 de mayo se encuentra enloquecida, va al penal, al hospital, ve a uno de ellos, está golpeado. El martes los diarios y las radios reflejan el levantamiento de los presos.

No aguanta más. Y habla de política, corrupción, rejas, muerte, dolor. «Yo lo viví todo, nadie me puede contar lo que es el dolor. Yo perdí hermanos, hijos, sé lo que es la pobreza. Siento mucho lo de las víctimas, pero…». Traga. La casa está fría, no hay calefacción, tampoco agua caliente. Cuando su hijo murió calcinado, en la municipalidad le ofrecieron una vivienda durante la gestión de Julio Arriaga. Era puntera, aunque la palabra le enerva. No aceptó. Recibió planes sociales, cobró dinero a cambio de estudiar. Se cansó de la burocracia, de los organismos, del gobierno. Hoy vive de lo que cobra en un galpón.

 

Las marcas de las decisiones

 

Son las 6 y media de la tarde y la pregunta que surge es si habrá vidas sin elección. Los griegos decían que nacemos destinados y no hay nada con qué remediar eso. ¿Qué tipo de marca lleva Sonia? ¿Siempre la vida es una suma de decisiones? Sonia eligió por ella. Se fue de su casa a los 14, robó, probó sustancias, cayó presa en Roca cuando tenía ya cinco chicos y apenas 22 años, anduvo «en la joda», nunca abortó, prácticamente creció con sus hijos. Crió como quiso y pudo. No le teme a los prejuicios y a lo que vayan a pensar de ella.

«Me enfrentaba a los riesgos porque quería vivirlos, no que me los contaran», explica.

Hoy está del otro lado, es una madre consciente y sufre. Siente culpa. «Yo estuve con ellos, pero los descuidé en muchos aspectos». Sus hijos mayores están presos por robar, andar con armas y enfrentarse con «narcos y transas», asegura. Enzo, el menor de los tres, fue condenado a diez años de cárcel por asesinar a Johnatan Martínez, un crimen que sucedió en agosto de 2011 en Cipolletti. Fue el día después de que Sonia participara del juicio por el homicidio de su hijo Johnatan, muerto de un tiro en la espalda en 2009. El asesino fue juzgado pero después se escapó. «Salí de un juicio y entré a otro. Y vi como condenaban a Enzo», recuerda.

 

Narcos y transas en las cárceles

 

Las fechas son difusas para Sonia. Es una jugada del inconsciente. El mayor temor tiene que ver con el destino. «Vos entrás a un penal y todos los pibes, incluyendo los míos, están destruidos por las drogas. Son todos narcos y transas. Es más, se hablaba de que el traslado de mis hijos era porque molestaban a un narco que está preso. No quiero que sean un Ramón Geldres más, porque así salen de ahí».

–No hay justificativo…

–No, ni para mi hermano ni para mis hijos. Está claro que mi hermano no estaba preparado para salir. No justifico a lo que llegaron mis hijos. El más grande (Cristian), por ejemplo, se perdió el crecimiento de sus dos hijos por estar siempre preso. Gracias a Dios mis nietos se criaron con otra historia, no están acostumbrados a la policía, a que vengan y den vuelta la casa buscando cosas. Llevan otra vida, van al colegio, nunca tuve un llamado de atención por ellos ni repitieron de grado. Van por buen camino, aunque los miedos siempre están.

«Cada vez que hablo con mis hijos presos les pido que no se metan en problemas, que no se fuguen porque eso les complica más la situación», dice Sonia. El asesino de su hijo Johnatan, Leandro Riffo, se escapó del penal de Pomona con Diego Muñoz, que fue juzgado junto a Enzo por el crimen de Martínez. Muñoz cayó hace unos días. Estaba escondido en un casa del barrio Godoy.

–Has tenido muchas depresiones.

–Sí, he estado muy mal, porque mis hijos se están destruyendo la vida y eso es terrible. No es un lugar de donde puedan salir bien, en busca de una nueva vida. De cien uno lo logra y el resto vuelve a caer. Es más, a mis hijos ya les pasó. Pero no bajo los brazos, yo pude escaparle a la delincuencia y espero que ellos también.

Enjuga las lágrimas. Su obsesión es una sola: «…que esta mesa donde estamos se agrande alguna vez. Como mamá jamás voy a perder la esperanza de que mis hijos cambien».

 

 

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